martes, 28 de junio de 2011

Felicidades mi Tamargochis


Este escrito nació hace casi 6 años, dos horas después de fallecida mi angüelita, me sentía muy triste y lo único que pude hacer fue escribir sobre ella. Ha pasado el tiempo pero la sigo recordando con mucho amor y como el 11 de Julio es su cumpleaños, publicar mi escrito me parece la mejor forma de felicitarla.


Fue el 11 de Julio de 1923 cuándo a Micaela y Memín les nació Margarita Ibarra Acosta, la primogénita y mi angûelita, Margochis o mi Tamargochis. Fue la mayor de seis hermanas y, con todo respeto para las tías de mi mamá, también fue la más bonita de su casa y de todo el pueblo.

Su vida fue, por lo menos como ella la contaba, parecida a un libro de García Márquez, de las lágrimas a la risa y siempre magnificado. Vivió de todo, tragedia, comedia, romance, amor, desamor, pasión, decepción, grandes alegrías y tristezas, en fin, no hubo emoción que no experimentará, pero lo que la hizo diferente de tantas y tantas personas fue la forma en que las vivió. Para ella cualquier pequeño detalle era un acontecimiento y por lo tanto su vida habrá sido muchas cosas pero nunca aburrida.

El primer episodio intenso lo vivió con la muerte de su hermanito. Estaban jugando junto a las vías del tren cuándo se le atoró el zapatito. Como todos los accidentes, fue un descuido terrible. La muchacha estaba “echando novio” y se dio cuenta tarde que el niño estaba en peligro… literalmente se lo llevó el tren. La pobre Marga quedó marcada por el susto, la impresión y la culpa de la muerte de Manuelito, el único varón que nacería en esa familia (fueron siete hermanas). Siempre pensó que pudo haber hecho algo, pero era una niña de 6 años ¿qué podía haber hecho? Bajo esta creencia logró crear el castigo perfecto en su cuerpo, poco a poco comenzaron a salirle una manchas que recorrían todo su cuello, se le conoce como Vitíligo. Esas manchas fueron un constante recordatorio por el error que asumió como propio, y siendo tan bonita siempre se sintió incómoda y “marcada”.

Creció hermosa, coqueta y encantadora. Me la imagino en su juventud con su hermosa sonrisa y alegría haciendo suspirar a todos. Por eso, cuando llegó al pueblo el guapísimo médico que iba a hacer su residencia en tan pintoresco lugar la escogió como su novia. Al poco tiempo se casaron y tuvieron dos, también guapos, hijos Juan y Margarita.

Después de algunos años decidieron venir a la ciudad de México. Mi abuelo estableció su consultorio y su abnegada esposa lo ayudó todos los días a atender la consulta, tanto que hasta un poco médica se volvió. Es más creo que mi abuelo era doctor y ella curandera. En algún momento la suertuda se sacó la lotería. Había comprado algunos pedazos del premio mayor. Con ese dinerito puso una farmacia con fuente de sodas, muy “sixties”, pero no resultó muy buena para los negocios, quebró. Y aunque no me lo crean, un tiempo después le volvió a pegar al gordo de la lotería. Es la más pura verdad, así era la magia de mi Margochis. Esta vez lo invirtieron en una de las más grandes pasiones del matrimonio, la arqueología. Visitaron casi todas las zonas arqueológicas del país coleccionando grandes recuerdos del pasado. Amaban nuestras antiguas civilizaciones y tenían tanto conocimiento de ellas que cualquier experto podría quedarse boquiabierto.

Mientras tanto su vida pasaba entre la consulta de mi abuelo, atender su casa y a sus hijos. A los dos los vio convertirse en médicos y se enorgullecía de ellos. A la par, pasó momentos sumamente difíciles y sufrió con intensidad, pero también con férrea voluntad decidió siempre seguir adelante con una sonrisa. Cuando estaba triste, estaba triste en serio, se le notaba, se entregaba al drama; pero cuando se recuperaba y reía contagiaba a todos a su alrededor. Su risa, de tan bonita, parecía música.
Con el tiempo su hija tuvo su propia historia, se casó y tuvo tres hermosos nietos que la amamos profundamente y agradecemos a la vida haber tenido sus caricias, su dulzura, sus travesuras, sus despertadas despacito y llenas de amor.

En 2000 murió su compañero de vida, entonces comenzó a secarse, a verse cansada y empezó a despedirse de la vida. En 2002 decidió irse a vivir junto al mar, uno de los amores que le heredé, pero ni el amor al olor a sal ni las serenatas marítimas lograron que quisiera seguir viviendo. Murió en Enero del 2006, flaquita flaquita, pero hermosa como siempre fue.

En mis memorias desde pequeña la recuerdo alegre, cantarina, simpática, chistosa y amorosa. Tenía varios detalles que la hacían ser única, irrepetible y maravillosa. Nunca dejó de ser una niñota, por lo que era muy divertido estar con ella. Siempre había chistes, bromas, comentarios mordaces anécdotas maravillosas y pláticas interminables tratando de descifrar los detalles más insignificantes de la vida y del universo.

Su coquetería era impresionante. Todos los días se le veía muy arreglada y sonriente. Aún cuando estuviera enojada o triste, si pasaba frente a un espejo volteaba y sonreía. Decía que no importaba lo que pasará en la vida, ella nunca debía de verse en el espejo más que sonriendo porque cuando más bonita se veía, estaba enamorada de su imagen. Sin embargo siempre tuvo la inseguridad de las manchas en su cuello, buscaba esconderlas con mascadas, cuellos de tortuga y collares muy anchos que alejarán la atención de ella. Nadie lo notaba, pero ella sabía que estaban ahí. Para mí sus manchas eran algo natural y definitivamente no la hacían ser menos bonita, pero para ella, más que un problema de estética, eran un recordatorio de algo que sentía había tenido que evitar. Con el paso de los años estoy segura que esa culpa comenzó a disolverse en su corazón porqué poco a poco fueron desapareciendo, hasta que su cuello quedó sin rastro de ellas. Por esa desaparición creo que no importa cuánto tiempo pasé, uno siempre puede curar las heridas del alma, y el cuerpo es el primero en manifestar cuando se va logrando la armonía interna.

Mi angüelita hermosa tenía un alma sensible y artística. Escribía, tocaba el piano, cantaba y pintaba. Era como esas mujeres del romanticismo europeo que aprendían artes para entretener y enamorar;  justo eso hacía mi Tamargochis, enamoraba a todo el mundo a su alrededor. A mí me enamoró de forma absoluta y aún hoy, varios años después de su muerte, repaso esta líneas sintiendo una agujita en mi corazón.

De ella heredé muchas cosas, no sé si es por la afinidad de haber nacido bajo el mismo signo o por alguna otra razón, el caso es que teníamos muchas cosas en común. Más que cosas en común pienso que integré varios de sus intereses para estar cerca de ella.
Compartíamos el gusto por escribir y leer poesía, la afición por la lectura nos daba horas y horas para platicar. Fue ella quién me presentó uno de mis mejores pasatiempos, las revistas de crucigramas, cruzadas y juegos de lógica. Me acuerdo que podíamos pasar horas sentadas en la sala en silencio, cada una con sus crucigramas, únicamente nos hablábamos para ayudarnos con alguna respuesta. Yo tenía como 14 años y amaba las tardes con ella.

Además de lo anterior, era bien metiche y en todo arguende quería estar. Mis abuelos vivían en una privada, con tan buena suerte para este ser tan interesado en la vida de los demás, que su casa estaba justo al fondo de la privada. Desde su sillón favorito de la sala podía ver las entradas, salidas, peleas, idas de viaje, cambios de coche o hasta de peinado de sus vecinos. Vaya que se dio vuelo en el chisme tejiendo fantásticas historias de su comunidad. También tejía lindos suéteres, bufandas, chalecos, carpetitas y demás monerías.
Alguna vez mi hermana y yo le pedimos que nos enseñara a tejer y con su gran paciencia nos enseñó gancho derecho, gancho izquierdo. Nunca pude hacer nada más que unas tripas largas que tejía y destejía, pero me sentía tan grande sentada en su sala con mis agujas y mi canasta, platicando con ella, mi mamá y mi hermana mientras tomábamos café, eso era ser una señorita, ¡sí señor!

La comida era uno de sus fuertes. Como buena abuela cocinaba que hasta los frijoles eran de rechupete. Le encantaba cocinar como una forma de demostrar amor. Siempre tenía algo rico para comer, incluso, cuando llegabas de sorpresa te decía no tengo nada pero a ver qué hacemos , entonces empezaba a sacar y sacar “sobritas”, no recuerdo alguna vez que no haya comido delicioso, no rico, siempre delicioso.
Para mi cumpleaños siempre me hacía camarones, mi platillo favorito. Yo sabía que algún día alrededor a la fecha me preparaba todos los camarones, al ajillo o “con gabardina” (empanizados), que me pudiera comer. Me encantaba porque eran deliciosos y especialmente cocinados para mí.

Recuerdo mucho su olor, era muy especial como dulzón. Toda su ropa olía a Marga, así decíamos cuando nos prestaba un suéter o cualquier cosa huele a Marga y te sentías abrazada. De hecho mi hermana Luciana huele un poco a Marga, los olores nos llevaban a plácidas sensaciones.

Cuando estaba en prepa tuve una época en que todos los jueves iba a tomar café con ella. A veces nos quedábamos haciendo crucigramas en la sala, otras nos íbamos a la Zona Rosa a una cafetería que se llama Auseba. Era diabética, pero obviamente no le importaba en lo más mínimo, llegaba y pedía chocolate caliente con galletitas. Yo le decía Marga te tienes que cuidar el azúcar pero desde que lo estaba diciendo ya sabía que iba a hacer lo que se le diera la gana
En esas tardes me contaba tantas historias de su vida y de la vida en general, el tiempo siempre se iba rapidísimo, era una excelente conversadora. Cada vez que salía de ahí pensaba cuándo sea escritora, mi primera novela va a ser sobre la vida de Marga. Pues no fui escritora, aunque todavía no descartó eas posibilidad, tampoco esto es una novela, pero hablar de ella y de sus detalles ayuda a que siga cerca. Dicen que la muerte sucede cuando te olvidan, pero yo nunca voy a olvidar a mi angüelita hermosa y querida. No puedo olvidarla, porqué muchas de las cosas que soy son por ella y en mí viven su amor, su fuerza y su alegría.

Hace 6 años me despedí de su cuerpo, su risa, de sus manos lisitas lisitas - que nunca fueron de gente mayor, eran claras, sin machas ni arrugas y muy suaves- me despedí de su voz, pero su alma y su luz se han quedado aquí conmigo bien guardadas en mi corazón.

jueves, 26 de mayo de 2011

El amor más grande del mundo

Este cuento está inspirado en la historia de la familia de mi amiga Paloma, lo escribí con mucho cariño en memoria de "Monty" (él) y con el deseo de mostarle mi respeto y cariño a Titi (ella). Cuando lo lean, sería bueno que tomarán un minutito para madarle luz a ella, estoy segura de que muchas luces iluminándola pueden fortalecer su cuerpo y su espíritu.

Alto total, no hubo más nada. Puedo jurar que el mundo se detuvo cuando se conocieron, o más bien debo decir, cuando se reconocieron. Un amor así no se explica más que a través de vida tras vida de encuentros y desencuentros, alejándose, recordándose, para de nuevo perderse y volver a descubrir una y mil veces esos ojos en todos los tiempos y espacios que han habitado juntos.
No creo que siquiera hayan decidido amarse, tan sólo sucedió. Desde el primero beso retomó consistencia el pegamento con el que, aún ahora, se han mantenido unidos desde quién sabe cuántos millones de años. Lo que sí tuvieron qué decidir fue cómo lograr vivir en la misma ciudad, situación indiscutible para compartir la vida con la intensidad con la que ellos necesitaban hacerlo, ya que el suyo es uno de esos amores en los que la mirada y el abrazo constante se convierten en elementos vitales para los dos.
Apenas 21 y 23 años tenían cuando se casaron. Lo que se había planeado como una vista al DF se convirtió en morada permanente. ¿Cómo lo decidieron?, ni ellos mismos eran capaces de recordarlo. Resulta que nunca fue importante determinar quién lo propuso y quién respondió que sí, que mil veces sí. Lo indispensable era convertirse en el señor y la señora DE. Nunca mejor dicho, nadie duda que siempre se han pertenecido el uno al otro. Son dueños hasta de los rincones que ni ellos mismos reconocen.
Problemas, algunos tiempos de vacas flacas, discusiones y ganas de alejarse llegaron entre besos y caricias. ¡Qué maravilla que los alcanzó la vida cotidiana!, ya que aún los amores más hermosos necesitan enfrentarse con las partes más oscuras del corazón, todo para evitar morir bajo el maleficio del “y fueron felices para siempre”. En algunas ocasiones incluso buscaban aunque fuera un mínimo conflicto pensando en los efectos de la reconciliación.
Llegaron los hijos, los ascensos, las alegrías, pruebas del esfuerzo diario. Él trabajador y cumplidor con la familia, ella siempre bella para él. Así pues, después de días rutinarios -trabajo de escritorio, trabajo en la cocina, juntas pesadas con el jefe y tedio diario de las tareas del hogar-, a las ocho en punto ella subía las escaleras como ama de casa y madre modelo para darle vida a la mágica transformación. Nunca escatimó el tiempo necesario, diario, al escuchar las llaves en la puerta, estaba lista para bajar convertida en la mujer de sus sueños hecha realidad.
 Un día, después de muchos años de casados, viéndose amorosamente a los ojos, volvieron a exclamar ¡al fin solos! El último de los hijos dejaba el nido, pero éste era todo menos un nido vacío. Ellos llenaban el espacio con total plenitud, cómplices y compañeros de camino, siempre tenían un tema para compartir y desmenuzar por horas, una anécdota jamás contada o simplemente la bendición de tenerse el uno al otro para estar callados disfrutando el silencio de los pensamientos individuales.
Un día ese silencio se tornó inquieto, un mundo nuevo que ninguno de los dos sospechaba se estaba creando. Era el mutismo de la intuición, algo no estaba bien, pero ninguno entendía qué ni cómo, sería absurdo compartir esa ansiedad pero los dos la sentían. Un día, por fin, al irse a la cama sus almas esperaron, como todas las noches, el momento en que estuvieron dormidos para hablarse desde el espacio que ocupa todo el universo.
El alma de ella fue la primera en hablar, ha comenzado, dijo con un manifiesto pesar. Se sintió un poco incómoda porque era un alma vieja, sabía que no había razón para sentir dolor. No temas  -dijo él- ya sabíamos que pasaría. No temo por mí- respondió ella con la más angelical de las sonrisas- es tu sufrimiento el que me preocupa. El alma de él no supo cómo responder, sólo la abrazo con la fuerza de mil vidas juntos, la retuvo así hasta que ellos despertaron.
Ese día el combate estalló dando lugar a la más grande batalla de todos los tiempos, la lucha entre la vida y la muerte. Fueron varios días en las que sintió el cuerpo extraño, un síntoma, dos síntomas, los suficientes hasta llegar al médico. Una de las cosas más difíciles fue la incertidumbre entre los exámenes y las caras condescendientes de los doctores. No se preocupen, es sólo rutina, es mejor asegurarnos de que todo está bien. Mentira, nada estaba bien, el diagnóstico fue contundente. Leucemia era el nombre del ejército invasor; el campo para llevar a cabo las hostilidades, el cuerpo de ella. Siendo fruto, causa y referi de la contienda, decidió que usaría toda su fuerza y sus recursos para que ganara la vida.
Fue la primera en limpiarse las lágrimas y mostrar la mejor de sus sonrisas, retando de lleno al mundo. Encontré a mi alma gemela en otra ciudad, me casé con él, he logrado que seamos felices juntos, di a luz a cuatro maravillosos hijos, los crié y los eduqué como personas de bien, eso, por mucho, será más difícil de lo que resultará vencerte a ti. Por supuesto que le hablaba de tú a su enemigo, miedo era lo último que le tenía. Así de fuerte, así de entera es y ha sido siempre.
Los silencios ahora eran cada vez más intensos, también las palabras y los amores. Pero en esos silencios cada uno enfrentaba a su manera la presencia del adversario. Ella muchas veces se tragaba el dolor físico y el que vivía en el corazón, hacía recuentos, valoraba aciertos y errores, repasaba la vida reflexionando sobre el sentido y el final. Él sólo tenía una idea, le daba un poco de temor, es de hombres aceptarlo, no era fácil asumir su decisión, pero desde el primer momento estuvo seguro del camino.
Esa noche, al dormir, el alma de ella viajó hasta los lugares más recónditos del universo sin poder encontrarlo. Preguntó en todas las vidas en las que el alma de él pudiera estar de visita, pero nada, no lo habían visto. Cansada, se sentó a esperarlo en el umbral de esta vida y fue casi al amanecer cuando sintió su luz. ¡Qué luz! Brillaba como hace millones de años no lo había visto brillar. ¡Estuviste con ÉL!- exclamó ella- ¡Estuviste con ÉL! Por respuesta tuvo una sonrisa mientras él se acercaba lentamente para abrazarla como jamás lo había hecho, entonces lo sintió. Sintió como él aspiraba parte de su energía, cuando se dio cuenta quiso separarse, pero él se lo impidió. Estaba claro el sacrificio, te necesitan más, lo sabes, necesitan un poco más de tu tiempo que del mío, ella sólo asintió aceptando la más grande muestra de amor que uno pueda imaginar.
Los días siguientes se desató la verdadera tormenta. Ella salía y entraba del hospital, él siempre a su lado, no permitía que nadie más se quedara por las noches a velarle el sueño. Por eso sorprendió a todos el día que dijo está bien, me voy a descansar un poco, cuídenla. Entonces se desvaneció, comenzó de nuevo la rutina. Los hijos no sabían qué pensar ni qué sentir, era demasiado. Y la condescendencia, la maldita condescendencia con las mismas palabras no se preocupen, es sólo rutina, es mejor asegurarnos de que todo está bien, aunque esta vez añadieron debe ser el cansancio y el estrés al que ha estado sometido. Pero de nuevo el cuchillo en el corazón. Era un enemigo perverso, leucemia en el cuerpo de él. Los doctores no se lo explicaban, el caso era de lo más inusual, la leucemia no es contagiosa repetían una y otra vez. Palabras inútiles para sanar las llagas que la familia tenía abiertas en lugares mucho más allá del corazón.
A partir de esa noche las almas de los padres platicaban con las de los hijos, estamos conectados más allá de este mundo, recuerden lo qué sucede al desprendernos, no hay dolor, sólo amor, es difícil porque cuando despertamos olvidamos que hay una luz infinita que nos mantiene unidos por siempre. Él decidió que era momento de pedir perdón, lo siento, siento de verdad que este dolor sea a causa de mi decisión, pero les pido comprensión y amor, es sólo porque resulta mejor para todos. Saben que en esta vida la más fuerte ha sido ella, necesitarán recurrir a su sabiduría más veces que a la mía, sólo traten de no olvidarlo al despertar. Al terminar de hablar los seis se unían en un abrazo infinito de amor y de compasión por el dolor que vendría al amanecer.
Cuando habló con ÉL, solicitando el intercambio, acordaron que sería rápido, no tenía caso ni habría enseñanza de vida en hacerlos pasar a todos por una larga agonía. Así, tres semanas después del diagnóstico él murió. No hay palabras para expresar la impotencia ni el desconsuelo. Por respeto a todos, tampoco tendría caso intentar describirlo.
Desde ésa, todas las noches sus almas se abrazan  y se iluminan, porqué cuando en una familia alguno se encuentra de lleno con ÉL transmite a todos esa chispa divina que les permite seguir vivos cuando están despiertos. Noche tras noche es igual, todos se reúnen en un rito de amor universal. Él los anima, les siembra ideas para la felicidad, los abraza por sus logros y los mira alma a alma para verificar que saben cuánto los ama y cuánto los cuida. A mitad de la noche, las almas de los hijos comprenden las chispas rojas entre los padres y se despiden, así ellos pueden repetir todas las noche al fin solos, y de nuevo siguen amándose más allá de lo que podemos comprender.

jueves, 5 de mayo de 2011

Señora, señora, señorona...

Esto que hoy leen lo escribí hace como dos años y, a falta de mayor creatividad, aprovecho este 10 de mayo para rendirle un pequeño homenaje bloggero a mi “mamichi”

"A ti te dedico mis versos mi ser y victorias
a ti mis respetos señora señora....
...tu nombre es un nombre común como las margaritas,
siempre en mi poca presencia constante en mi mente
y para no hacer tanto alarde
esta mujer de quien hablo es linda mi amiga gaviota
su nombre es....... MI MADRE"

Canta así Denise de Kalafe, y esta canción me queda perfecta, ya que, de pura casualidad, mi madre se llama Margarita.
No tengo memoria de nuestro primer encuentro, pero supongo que nos hicimos amigas desde el día que se enteró de su embarazo. Únicamente tuvimos que esperar nueve meses para poder demostrarnos nuestra amistad, ella meciéndome en sus brazos y yo ajustando mis capacidades corporales para integrarme al mundo. Eso sí, dice que fui un parto fácil, nací así como soy, ligera y sutil.

Recuerdo pocas cosas de mi primera infancia, pero tengo una imagen muy clara de cuando tenía tres años. Por un accidente casero perdí un pedacito del dedo meñique derecho. Aún puedo ver claramente mi mano como una pelota blanca y grande, eran las vendas de la curación. Mi mamá me tenía en sus piernas, apretada contra su pecho mientras me consolaba. Como esta imagen tengo muchas, ella siempre curándome o dándome amor después de cada uno de los varios accidentes infantiles que tuve.

Algo que siempre le agradeceré, es el esmero que ponía al planear las cosas para nosotros. Convertía las fechas especiales en verdaderas celebraciones. Preparaba todo de tal forma que, por lo menos yo, aprendí a sentir mucha emoción por los festejos. Y se los agradeceré siempre porque me parece básico para la infancia aprender a sentir emoción y sorpresa por la vida.

 Margarita hacía que los cumpleaños fueran fechas súper especiales, desde ahí me quedó la costumbre de festejar siempre con alegría. Planearlos era todo un acontecimiento; empezabas eligiendo el vestido, zapatos, moños, escoger el pastel, las piñatas, ir al centro por los dulces, hasta tener el show adecuado. Si mal no recuerdo, para alguna fiesta hizo piñatas de celofán llenas de globos, lo cual era muy divertido,  ya que la fiesta empezaba semanas antes de la fecha. Y el mero día verdaderamente me sentía como la reina del mundo, aunque me parece que la más emocionada era ella.

Otro tema eran los disfraces, se “pulía” haciéndolos, todo para yo llegará después del evento con los zapatos y el sombrero de otra niña que me había dicho qué bonitos tus zapatos.

Me acuerdo mucho de un nacimiento jumbo que puso. Verdaderamente era de concurso. Lo instaló en una parte de la sala, suelo de corcho, muchas casas para darle vida al pueblito, montañas de heno, rafia simulando ríos, pasto artificial para los caminos…. ¿se imaginan el tiempo y la dedicación para planearlo? Todo para que mis hermanos y yo tuviéramos un hermoso nacimiento.

Alrededor de mis cinco años le detectaron un tumor en el cerebro, tuvieron que llevarla varias veces al extranjero para decidir qué hacer. Finalmente le hicieron una operación con el cerebro abierto. Ni mis hermanos ni yo imaginábamos la amenaza que eso para representaba nuestra familia. Sólo la recuerdo cantando mucho México lindo y querido, si muero lejos de ti. Lo bueno es que no recuerdo haber sentido miedo o pensar que algo malo podía pasar, eso debe ser por la forma en que mis padres actuaron con nosotros, lo cual agradezco infinitamente. Se necesita valor para hacer sentir que todo está bien cuando el miedo está a flor de piel. Sigo dando gracias a Dios porque nada más se le aireó el cerebro a mi mamá, lo digo con todo respeto Margarita.

Mi memoria me dice que era muy divertida, lo sigue siendo, tiene sus destellos con mis sobrinas que aman jugar con ella. Recuerdo que por las tardes nos sentaba a mi hermana y a mí a jugar cartas, las fichas eran botones.  Mientras jugábamos también aprendíamos a
tomar café "molidito". Claro que cuando mi papá llegaba, se infartaba de ver el escenario, la reacción de él hacía el numerito más divertido aún.
En el coche siempre íbamos con el radio a todo volumen, cantando todo lo que ponían, de ahí me viene el ser un cancionero musical de los ochentas. Un día veníamos haciendo el numerito cuando unos chavos del coche de al lado se la querían ligar, era MUY guapa. En esa época usaba peluca, ya que con la operación la habían rapado a coco. Mi hermana y yo nos reíamos con ella del intento masculino, cuando de repente voltea, los ve, les sonríe y se quita la peluca. Nos reímos a carcajadas de la cara que pusieron los galanes, esas eran sus puntadas.

También debo confesar que era muy mal hablada. Para que dejara de decir groserías, mis hermanos y yo acordamos con ella que por cada grosería que dijera nos daría un peso. Resultado…. llenamos un bote grande de pesos, pero ella no dejo de decirlas, nosotros nos cansamos de juntar dinero.

Durante mi etapa estudiantil tuvimos muchos "roces", ya que nunca fui alumna de dieces, y a veces ni siquiera de seises. Cada mes era un regaño, una promesa, hasta que fui evolucionando mis mentiras sobre porque, justo de toda la escuela, mi boleta era la única que no habían entregado. Otra veces iba a su cuarto, ponía la boleta debajo de su almohada y me iba a dormir como a las 8 de la noche, yo sabía que no tendría corazón para despertarme con el regaño. A la mañana siguiente las prisas hacían que el enojo disminuyera. Ella ya sabía todas mis mañas, qué preocupación para ella y que estrés puede vivir un niño. La cantaleta era la misma es la última vez que voy a hablar a tu escuela, pero al mes siguiente ahí estábamos de nuevo poniendo nuestras carotas en la dirección. No fueron nuestros momentos más felices, y me pregunto ¿qué pensaba de mi, qué era lo más le preocupaba?

En el umbral de mi juventud y adultez temprana tuve una depresión, sin duda su amor fue el mejor apoyo para mí. Cuando estaba en ese proceso decidí llevar a mis papás a las consultas con mi terapeuta, para que supieran lo que pasaba y, sobre todo, me ayudarán a salir de ese hoyo tan espantoso. Hubo pláticas y reclamos fuertes, pero ellos se portaron a la altura aceptando y curando mis heridas. Gracias a su amor, paciencia y comprensión pude salir adelante sin tanta complicación. En las tardes nos sentábamos a ver la tele, yo toda grandota ponía mi cabeza en sus piernas para el "piojito time", ella solamente me acariciaba y me dejaba llorar sin “enchincharme” preguntando ¿qué te pasa? o diciéndome no llores. Me dejaba estar, limpiar mis dolores con las lágrimas, me daba su amor incondicional, y  yo me sentía mejor, segura y tranquila porque contaba con ella.
  
Seguramente todos pensamos que tenemos la mejor mamá del mundo, y eso es bueno porque significa que nos han amado y demostrado ese amor de forma que nosotros pudimos entenderlo. Pero fuera de ese cliché, yo no sé si he tenido la mejor mamá del mundo, pero sí he tenido la mejor mamá para mí y mis circunstancias.

Me ha enseñado a luchar, a encontrar la fuerza y la luz en mi corazón, me ha enseñado con palabras y acciones que nada, nada, pero absolutamente NADA de lo que me pasé puede ser tan grave como para no seguir adelante luchando con todo para vivir en plenitud.
Me ha enseñado que la vida siempre se compone y se vuelve a descomponer de forma incontrolable pero que lo realmente importante es la actitud y las ganas de siempre salir adelante. No me lo ha dicho, pero me ha enseñado con su vida que lo importante es tener un centro en el corazón al cual regresar a tomar aire cuando hay tiempos difíciles, el cual hay que alimentar y fortalecer cuando son buenos tiempos.

Varias veces le he dicho que nunca la he visto derrotada, lo que me hace decir que tengo una mamá fuerte. Esto no significa una mamá que no ha sufrido o que ha ocultado sus sentimientos para mostrar fortaleza. La he visto triste, enojada, frustrada, con el corazón roto, preocupada, cometiendo errores, pero nunca nunca nunca la he visto derrotada, vencida  o "inmóvil al borde el camino". Siempre ha buscado la forma de seguir adelante, de resolver los problemas, nunca se ha quedado esperando que la vida por sí sola le haga la magia de componer sus circunstancias. Siempre ha sido ella con su fuerza y su capacidad la que ha logrado salir de cualquier dificultad, y ese ha sido uno de los mejores regalos que ha podido darme en la vida, enseñarme con su ejemplo que la vida es para disfrutarla no para sufrirla.

También he aprendido de sus errores, algunos me hicieron sentir enojada y otros, triste, pero al final han sido enseñanzas que yo he tomado para mi vida.

Mamichi, sabes que te amo con todo mi corazón, aunque nunca las palabras alcanzarán a explicar el sentimiento. Doy gracias a Dios por tu presencia en mi vida y te doy las gracias por TODO lo que me has dado y enseñado.


"... a ti mi guerrera invencible, a ti luchadora
incansable, a ti mi amiga constante de todas las
horas ...
tu nombre es un nombre común, como las margaritas,
siempre en mi poca presencia constante en mi mente,
y para no hacer tanto alarde, esa mujer de quien
hablo, es linda mi amiga gaviota su nombre es... ¡mi madre!"

viernes, 1 de abril de 2011

¿Habrá sido el viento lo que trajo mi desgracia?


Era viernes 18 de mayo del 2005, alrededor de las 7:00 pm, cuando comenzó a soplar el viento de mi desgracia- que me disculpe García Márquez por comenzar mi anécdota igual que La triste y verdadera historia de la Cándida Eréndira y su desalmada abuela.

Ese día me tocaba llevar la cena a la reunión del Mesamigo, ya que había faltado al último evento. El Mesamigo es una tradición que tiene 5 años. Somos un grupo de 14 amigos –veces más, veces menos- que nos juntamos para jugar. Así es, jugamos a lo que sea, desde Guitar Heroe hasta 100 Mexicanos Dijeron. El equipo que pierde pone casa, cena y botanas para la siguiente reunión. Faltar es como perder, así que tenía que llegar con la cena.

Según yo, me había organizado en la chamba para salir temprano, pero me retrasé un poquito. Pasé rápido al súper a comprar todo lo necesario para ravioles y una guarnición. Cuando por fin me estacioné en mi casa estaba en medio de la lluvia; pensé ¡qué suerte! justo a tiempo para no mojarme demasiado. Con la prisa agarré las bolsas y corrí al interior, cuando de repente...... ¡PUM! se fue la luz. Cool, como soy, me dije no importa. Lo resolví sacando mi lámpara para emergencias.

Parecía que la suerte no estaba a mi favory hasta pensé ¿y si me voy a casa de mi mamá a preparar la cena? Pero noooooo, mi terca persistencia me convenció. ¡Claro que puedo hacerlo con mi lamparita! 
Para agregar un grado de dificultad, me tenía que bañar ya que no me había librado del todo del chapuzón, pero seguía cool. De alguna forma me confundí, en ese momento veía en mi lamparita una versión moderna de la de Aladino. Fácil, todo se resolvería.

Puse a hervir el agua mientras preparaba la salsa. Una vez lista, y con el agua hirviendo, busqué los ravioles pero ¿qué creen? No había ravioles, por supuesto que los había dejado en el coche. 
Dale, un detallito, no pasa nada, al coche por los ravioles. 
Tomé las llaves de mi vehículo y justo cuando iba a salir pensé me llevo también las de la casa por si se cierra la puerta, así que saqué otro llavero de mi bolsa. ¿Se dan cuenta? Estaba yo en todo, prevenida como pocas veces, ¡qué mujer caramba!

En efecto, la puerta de la calle se cerró con el viento de mi desgracia, pero yo traía llaves…....... ¿verdad? 
¡PUES NOOOOOO! ¡El otro llavero que había sacado era el duplicado del coche! ¿Qué hacían los dos juegos de llaves del coche en mi bolsa? Esa es otra de las muchas historias que me pasan por distraída, digamos que mi mente funciona de forma muy original.

Entonces, eran las 7 pm, me encontraba afuera de mi casa en medio de la lluvia con una olla de agua hirviendo, una olla con salsa a fuego lento, una cita con el “mes amigo” a las 8:30 pm y sin llaves para entrar. Obvio sin cartera ni celular ni cerebro para pensar.

Lo primero que se me ocurrió fue un ¡qué &$·)!”@..ja soy! Acto seguido decidí ir “de volada” a casa de mi mamá por el duplicado.
El viaje de ida bien, tráfico fluido (los que viven en la Ciudad de México saben del tema), pero el carril de vuelta estaba parado así que aproveché para identificar rutas alternas de regreso. 
Ya se imaginarán que me bajé como loca a tocarle el timbre a mi madre, mientras me empapaba. Del interfón salió un monísimo ¿quié-en? con la dulce voz de mi mamichi. Gaby, ábreme de volada contesté con una forzada tranquilidad. ¿Qué pasó? siguió diciendo el interfón, ¡ábremeeeeeeeeeee, que me estoy mojando! grité ya sin ninguna compostura.

Entré como una loca al grito de ni me preguntes, pásame las llaves de mi casa, luego te hablo. A estas alturas ya la cosa me daba risa, es mi mecanismo de defensa frente a la irredemediable estructura de mi mente. Tomé el camino que había pensado, pero era obvio, viernes, tres días después de quincena, época de lluvias….no había nada que hacer más que respirar hondo, muuuuuy hondo. Me tomó 1 hora con 20 minutos regresar a mi casa, ¡oh sí, ni un minuto menos!

Pasé de la risa a la desesperación, del coraje a las promesas de poner mayor atención a los detalles, hasta que llegó el miedo. Imaginaba el agua hirviendo escurriendo por la olla, apagando lentamente la hornilla, el ruidito del gas saliendo a carcajadas, una explosión, mi casa nueva (era la primera vez que vivía sola), mis cositas nuevas destrozadas, en fin, una desgracia total. Los bomberos estarían ansiosos esperando a que llegará la persona tan irresponsable que había provocado la situación. Claro, dirían, ¿cómo la dejan vivir sola si no puede siquiera tomar las llaves correctas? 
También me preocupaba la cena del Mesamigo y recé para que no le pasará nada a mi casa mientras pensabaen salir con algún decoro del compromiso.

Al irme acercando a mi hogar me invadían la ansiedad y los nervios por saber qué era lo que iba a encontrar, era una sensación parecida a cuando te estás haciendo del baño y conforme te vas acercando a la taza sientes cómo crecen las ganas, supongo que saben a lo que me refiero.
Gracias a Dios, todo estaba en orden cuando abrí la puerta, bueno, casi todo. Seguía el apagón, mi lámpara continuaba prendida, pero al abrir, sentí un calorcito coqueto. Todos los vidrios estaban empañados, lo bueno es que no había rastros de explosión o de olor a gas. La salsa se convirtió en una melcocha asquerosa, la olla con agua estaba casi vacía y un poco quemada de abajo. Bendito, de los males los menos, agradecí por no haber tenido un percance mayor.
Ok, todo bien, tenía un compromiso pendiente así que comencé de nuevo a cocinar.

Después de todo el numerito llegué a la cita a las 11pm, con un “wet look” tipo me-sa-lí-de-la-re-ga-de-ra-y-ni-me-pei-né. Todos estaban con un hambre de perros, razón por lo cual mi cena les pareció muy rica. La aventura terminó con unos buenos tequilas para relajarme y la victoria del equipo femenino en el juego de mesa de la noche.

Mis aprendizajes fueron, no volver a salir jamás de mi casa si los frijoles están en la olla y que las mujeres juntas somos más inteligentes que los hombres juntos, sin importar que solitas hagamos estupidez tras estupidez.