martes, 22 de marzo de 2011

Y usted qué opina ¿natural o artificial?

Día: alguno de estos sábados. Hora: alrededor de las 12:00pm. Locación: Nutrisa Perisur.
Desde hace algunos meses tengo el buen hábito de levantarme el sábado para  llegar a la clase de Pilates. Para mí es todo un logro estar haciendo ejercicio, en fin de semana, a las diez de la mañana. Justo por ese esfuerzo trato de tomar o comer, las siguientes horas, cosas naturales o nutritivas, lo que sea que esto signifique para mí.
Ese día, después del gimnasio, me fui directito a Perisur. Necesitaba hacer unas compras  “UR-GEN-TES” (soy mujer, no tengo nada que decir en mi defensa).  Además del esfuerzo físico (también había hecho elíptica), hacía mucho calor, me moría de sed. Lo único que se me antojaba era un buen trago de deliciosa agua na-tu-ral. Para mí, lo más lógico fue pasar a Nutrisa. Díganme loca, pero yo pensaba que vendían cosas naturales.
Al entrar vi que había unas 4 personas en la cola y, para saber si me formaba o no, mejor le pregunté a la señorita que cobraba si vendían aguas de sabor natural. La respuesta fue una cara que decía obvio y un sí, si tenemos agua natural. Al formarme me encontré a mi cuñada Debbie, futura esposa de mi hermano (no se queden con la duda, se casan en Julio). Ahí estábamos en la fila, comentando el punto de la comprita y el tratamiento que iba hacerse para el pelo cuando llegó mi turno.
Le pregunté a la señorita que “despachaba” ¿de qué sabor tiene el agua natural?, ella muy segura me dice hay de jamaica, mientras saca una botella de agua sabor jamaica sin color, completamente transparente. Yo sentí como que estaba perdida en las palabras, me parecía absurdo que la señorita de Nutrisa considerará un líquido de sabor, SIN COLOR y embotellado como agua natural. Por otra parte, sentía la presión de la cola detrás de mí y sobre todo la presión de no hacer un numerito frente a mi cuñada. Así que le dije pero agua natural-natural ¿no tiene? Me respondió si, ya con cara de “vieja pesada, que aquí está el agua natural” tenemos también de ésta y saca otra botella de agua sabor jamaica, por lo menos ya con color rojito.
De pura buena suerte para las señoritas y las personas en la cola, la necesidad de controlar mi instinto frente a mi cuñada me limitó a no cuestionarlas hasta comprender qué cosa natural veían ellas en las aguas que me ofrecieron. Mejor tomé la botella y las dejé felices con su idea de naturalidad, junto con la certeza de que yo era una de esas clientas pesadas.
Obvio me tomé completita la botella de agua, pero mientras caminaba, y sentía la “melcocha” bajando por mi garganta, pensaba en lo sencillo que ha sido acostumbrarnos a lo artificial como forma de vida. Ya ni siquiera reflexionamos sobre las características de las cosas, asumimos sin más que la información que nos dan las marcas es la verdad más absoluta del planeta. Y pienso muchas cosas al respecto, no todo es malo claro, pero si hay mucho que debemos cuestionar. Esto lo digo desde las entrañas de la mercadotecnia, ya que mi actual desempeño laboral se basa en investigar las necesidades de las personas, como tú y como yo, para poder diseñar estrategias exitosas basadas en nuestras necesidades “insatisfechas”. Por eso, también me pregunto ¿mi doble moral será natural o artificial?

sábado, 5 de marzo de 2011

Lo mejor de la vida es que uno elige cómo vivirla

Hace un año, como podrá notarse en mi primera entrada, estaba con el corazón destrozado y al rojo vivo. Llena de miedo por pensar en el camino al que la situación que atravesaba podía llevarme. Desde el primer momento en que mi corazón se partió, decidí que no, que no me iba a cargar la fregada, qué esta vez iba a hacer lo necesario  para levantarme, limpiarme las rodillas (como me recomendó mi amiga Helena) y seguir adelante. Para lograrlo, me cambié de casa (a un lugar hermoso y lleno de sol por todos lados), comencé a  hacer ejercicio (cosa que no hacía, pero que ahora me es indispensable en mi rutina semanal), continué con mi círculo de lectura de los lunes, comencé un diplomado de creación literaria, retomé la meditación, en fin, me llené de actividades que alimentaron mi alma. Todo funcionó en su momento, y la verdad, no me fue tan mal como podría uno imaginarse. Aunque no digo que todo fue chiflar y aplaudir de alegría, la sufrí, pero con la certeza de que sólo sería por un momento, y que la duración de ese momento dependía de mi fuerza.
Pero, sin duda alguna, lo que más me ayudó fue iniciar un Diplomado de Coaching. Me encontré con 4 mujeres, que en realidad son ángeles, 5 guerreros y un salón cargado de amor. Al comenzar se nos advirtió que no todos terminaban, la lucha por encontrar la verdad en uno mismo va debilitando la voluntad de algunos. Hoy con plena satisfacción y orgullo puedo decir que estoy terminando, que mi voluntad no se debilitó, se fortaleció y que de nuevo me encuentro de brazos abiertos a la vida.
Para llegar a esto tuve que hacer un viaje personal. Durante el trayecto me dediqué a lo que me tenía adolorida, siendo uno de mis logros más grandes, darle a las cosas el peso justo que tenían. Ubicar que la que yo había pensado sería la mejor historia de mi vida, únicamente había sido un breve episodio, una relación basada en aspectos muy débiles y,  que bien mirada, era obvio que no hubiera podido dar más de lo que dio. La razón, los involucrados no le entramos en las mismas circunstancias personales, tampoco tuvimos el mismo nivel de honestidad, interés, compromiso o respeto, por uno mismo ni por el otro. También tuve que entender que quien me había lastimado y, por otro lado, quién me culpaba frente a otras personas por sus circunstancias, e incluso puso en entredicho mi reputación con un determinado grupo de personas a quienes tenemos en común, no lo había hecho por mí, sino por las propias historias que traen cargando, las cuales no se relacionan en absoluto conmigo. Esto me ha ayudado a perdonarme y  perdonar.
Una vez con mayor claridad sobre el asunto, tuve que dejar de reflexionar y acomodar pensamientos con emociones para comenzar a actuar. Me costó trabajo y resistencia frente a la sugerencia de mi coach y mis compañeros, pero por fin un día mi corazón estuvo fuerte para confrontar. Debo decir que esto me cuesta trabajo, y es más por soberbia que por otra cosa, pero justo esta soberbia esconde miedo, así que al hacerlo me sentí muy bien por haber dado un paso para alejarme del miedo. Lo simpático es que, durante esa confrontación, nunca se contestó mi única pregunta, yo sólo quería saber el porqué de la forma, no el porqué de la decisión. Y casi es de risa pensar que a estas alturas de la vida alguien te diga “no tuvo que ver contigo”. ¡Claro que no, eso ya lo sabía!, hasta Derbez tiene una película sobre el tema. Pero bueno, no repliqué porqué había decidió sólo escuchar y tenía que cumplirlo. Aunque la respuesta que recibí fue inútil para mi proceso, lo importante era atreverme, lo hice por mí y fue sumamente liberador, algo así como el último jalón cuando te quitas la curita que permitió cerrar la cortada, arde pero ya el proceso está.
Después vino lo mejor, y todavía no acaba.  Lo más importante ha sido reconocer que el dolor no sólo era por la situación, sino por toda una historia de vida que venía cargando, con creencias de mi misma que me llevaron a aceptar una historia en la que tuve que enfrentar a mis dragones más feroces. Fue como si la vida me hubiera agarrado a cachetadas para decirme “reina, o los vences o los padeces, con esta y muchas historias más”. Mi respuesta es obvia “¡Los quiero vencer!, qué sepan que en mi vida no acepto el reinado del miedo”. No  ha sido fácil; me dolió, me duele y, supongo, seguirá doliendo un rato pelear con ellos. Está cabrón meterte en los rincones más recónditos del corazón, esos en lo que todos guardamos las cosas que no queremos revivir, las que simplemente queremos olvidar o negar, pensando que ahí no molestarán.  Pero es justo eso lo que este diplomado me ha confirmado, la vida no siempre es fácil, el dolor es parte del viaje, pero elegir si nos quedamos en él o lo curamos es decisión personal. No hay que temerle, hay que saber resolverlo, a lo que sí hay que temerle es a la necesidad de sufrimiento que a veces, sin darnos cuenta, asumimos como nuestro destino. Amo cuando Angela, mi coach, dice “en la vida no hay víctimas, hay voluntarios”. Yo decido no ser más una víctima, ni ponerme de voluntaria, asumo mis responsabilidades, las consecuencias de mis actos y mis decisiones, algunas serán buenas, otras no, pero decido no sufrirlas sino vivirlas de forma tal que pueda seguir creciendo en la vida.
Modestia aparte :), hace un año era una excelente mujer, pero hoy soy todavía mejor, más fuerte, más consciente, más valiente y segura de mi misma, más alegre, si eso se puede. No siento que todo está hecho ni que ya la armé, ¡claro que no!, pero vaya que ahora miro atrás y agradezco porque tuve el valor de decidir vivir en armonía conmigo, decidí curar mi corazón, no sólo del desamor, sino de muchas otras creencias que ahora ya no sirven. El camino apenas ha empezado, el trayecto se ve largo como pasillo de la película el Resplandor (con gemelas, fantasmas y toda la cosa) pero aquí estoy con toda mi fuerza para recorrerlo, la recompensa es una vida plena.
Gracias, mil veces gracias a estos cuatro ángeles, mis cuatro coaches: Angela, Elizabeth, Nancy y Simone por dar amor, consuelo, conocimiento y guía a manos llenas. Gracias a mi Comunidad Púrpura: Luz, Male, Alex, Lupita y Liliana por ser compañeros, por su valor para enfrentar, que ha sido ejemplo para mi, por su cariño, su contención y entusiasmo.
La vida es tan bella o terrible como queramos, las circunstancias pasan, no todas las escogemos ni decidimos que sucedan, pero vivir es absolutamente increíble (y no es comercial de GNP). Ser feliz no es algo que ocurre, es algo que se decide y se gana. Deseo con todo mi corazón que todos los que me leen realmente sepan que es una elección personal y decidan todos los días ser felices. ¡¡¡¡A ViVIIIIIIIIIIIIRRRR!!!!

domingo, 13 de febrero de 2011

Encontré ángeles entre la basura

 
Un martes cualquiera, 6:00pm. Me retiro a mi casa para descansar después de concluir -más o menos- 100 horas de trabajo. La sensación era de libertad, el trabajo estaba terminado, únicamente había que generar un reporte para enviarlo al cliente el jueves a las 12pm.

Miércoles 10:00am, pienso ya va a llegar Roberto para ayudarme a hacer el reporte, ¿dónde dejé los documentos? Un breve instante de pánico, frustración e irritabilidad se apoderó de mí conforme me daba cuenta que no tenía los papeles. Búsqueda y más búsqueda, conclusión: los papeles se tiraron a la basura el martes en la tarde y el camión pasó, puntual como todos los días, el miércoles a las 7:00am. Era oficial, sentía que empezaba a volverme loca.

Tomé aire mientras notaba que me encontraba en el umbral de decidir por un colapso nervioso o tomar el asunto con filosofía y pensar en una solución, me fui por la segunda opción. Rápidamente me pregunté ¿qué es lo peor que puede pasar?, la respuesta fue que me corran, y siendo sumamente reflexiva concluí que podría resolverlo, así que me puse en modo de relajación para idear un plan que me sacara de  la broncota en la que me había metido por distraída. Mi plan consistía en buscar el camión que recoge la basura y meterme en sus entrañas hasta encontrar esas 100 horas de trabajo, las cuales no habían sido únicamente mías.

La aventura comenzó a las 10:30am cuando me topé con el primer camión de basura que contactaría durante las siguientes horas. Había dos chavos vaciando botes, me acerqué sin saber bien cómo explicarles mi problema, así que seguro habló con ellos mi versión loca. La primera frustración fue que me vieron como si estuviera loca, uuuuy, ese camión tira bien temprano, seguro esa basura ya va camino al bordo. Controlando de nuevo las ganas del colapso les dije me vale que esté en el bordo, si tengo que ir a esculcar allá, voy a ir, ¿quién de ustedes me lleva? les pago el día. Nada, siguieron subiendo la basura.
Justo en ese momento se bajó del camión el primer y más luminoso ángel del día, Don Antonio, quien era el conductor. Se acercó para ver qué pasaba, le conté mi historia y me dijo usted no se preocupe, ahorita encontramos ese camión y con suerte todavía trae la carga. Acto seguido, se quito el uniforme sucio, fue a buscar su celular y me dijo vámonos. En ese momento lo amé, lo amé por su buena voluntad y por la esperanza que sintió mi frágil corazón.

Lo primero fue identificar qué camión pasa todos los días por la basura. Después de dos llamadas, sabíamos que era el camión del primo de Don Antonio, ya la hicimos, mi primo Alfredo siempre se va después a la Anzures, váyase por Mazaryk, cruzamos Thiers y por ahí lo vamos a encontrar. Alivio, respiración y latidos tranquilos, la suerte estaba conmigo porque yo estaba con Don Antonio. Cómo lo mío es la conversación con cualquiera que se atraviese en mi camino, comenzamos a platicar. Me contó algunas historias de personas que habían tirado cualquier cantidad de cosas en la basura y que él había ayudado. Yo cuando puedo ayudo, esta ciudad sería otra cosa si en lugar de estarnos peleando buscáramos ayudarnos, juro que vi ligeras alas traslúcidas asomándose por sus orejas.

Una vez en la Anzures paramos a un barrendero -segundo ángel-, y me asombró darme cuenta de lo bien organizada que está la red, todos tienen el teléfono de alguien que sabe por dónde anda quién y qué vio pasar en tal calle al camión X. ¿Sabes dónde anda el Alfredo? gritó desde el coche. El barrendero se asomó, identificó a San Antonio, hizo una llamada, le dieron un teléfono al cual marqué para hablar con uno de los chavos que trabaja con el señor Alfredo. Me dijo que estaban sobre Gutenberg y fuimos más rápidos que veloces. Cuando vi el camión me tranquilicé, pero no sería tan fácil.

Don Antonio le explicó a su primo mi problema, pero no me podía ayudar. El camión del Sr. Alfredo se había descompuesto el lunes por la tarde y justo lo acababa de sacar del taller, su ruta la había hecho ese miércoles otro camión. Volvió a mí la desesperación pero San Antonio seguía en calma, cosa que me relajó ya que él era el experto en rescates de este tipo. Se hicieron más llamadas hasta que logramos ubicar al tercer camión del día, nos esperaba sobre Homero frente a Liverpool. Eran más o menos las 12 pm cuando de nuevo sentí que pisaba la gloria al leer las placas 1086CF, pero insisto hubiera sido muy sencilla la vida y poco relevante para mí la aventura.

En este camión no venían ángeles, venían seres enviados para hacérmela difícil.
Una vez expuesta la cuestión me confirmaron que sí, en efecto, ellos traían las bolsas que yo buscaba pero no seño, esas bolsas están hasta abajo y no va a poder revisarlas por qué nosotros tiramos la carga directo en el tráiler que la lleva al bordo y ahí no la van a dejar meterse, es imposible, mejor resígnese ¿era muy importante lo que busca? Yo ya no sabía qué tan importante era lo que buscaba, ¡sólo sabía que haría todo lo posible para salirme con la mía y revisar la basura de ese camión! Empecé con mis argumentos, me parecía increíble no poder hacer nada más. Cuando salí de mi euforia por convencerlos noté que San Antonio me hacía señas, por el sol no pude distinguir si eran sus manos o sus ya brillantes alas, me indicaba que fuera hacia él y dejará de discutir. Lo obedecí con temor y sorpresa, ¡ahí estaba la carga, mis papeles estaban en ése camión! Además necesitaba apurarme porque el dead line para la entrega con el cliente no era negociable.

Me subí al coche y le dije ¿¿¿ahora qué??? Demasiado tranquilo me contestó ahora vamos con los que deciden, usted no se preocupe, si ellos traen sus basura yo la ayudo a que la dejen revisar el camión. Yo estaba sumamente sorprendida por la solidaridad y el entusiasmo que le estaba poniendo a mi asunto, pero tampoco sabía a dónde mi iba llevar, así que con todo el agradecimiento decidí también tomar precauciones. Le hablé a Roberto (tercer ángel del día) para pedirle que me acompañara al viaje con rumbo desconocido.
Parecía cuento del Mago de Oz, nos íbamos sumando personajes en el camino.

El destino final fue la estación de transferencia de basura de Tecamachalco. Don Antonio realizó su última labor del día para esta alma tan distraída que a veces toma posesión de mi mente. Habló con el encargado, a quién no calificaría como ángel, más bien sería algo así como un personaje obediente con buena voluntad. Nos autorizó que el camión 1086CF descargará en una explanada fuera del tráiler para que pudiéramos revisarla. Concluida su labor, me despedí de San Antonio después de bajarlo a la lateral del Periférico para que regresara a su reino del “bienhacer”. Obvio le di una propina, y cuándo le extendí los billetes, verdaderamente le creí con todo mi corazón cuando me dijo no se moleste, no es necesario. ¿Cómo no iba a ser necesario?, la bondad se paga con la moneda de cambio que cada persona traiga al momento de despedirse de aquel que da ayuda desinteresadamente.

Mi fiel escudero –Roberto- y yo regresamos a la estación de transferencia, nos apostamos en la banqueta y esperamos. Alrededor de la 1:45 pm se acerca el encargado y me pregunta Oiga, me dicen que ese camión no descarga aquí, que tira su basura en la estación de Azcapotzalco. Pánico, frustración, coraje ¿cómo tan tarada no contemplaste que puede haber muchas estaciones para dejar la basura?, ¡tanto tiempo perdido!, ¿y si ya tiró en otro lugar? pensaba sumamente irritada conmigo. Resulta que había tres estaciones posibles, Tecamachalco, Azcapotzalco y Álvaro Obregón. Pregunté si tenían el teléfono de los otros tiraderos o si había alguna forma de monitorear la descarga de los camiones. Uy no, no tenemos teléfonos, nada más que vayan a ver allá.

Roberto y yo empezamos a planear quién se quedaba y a dónde iba el otro a buscar primero al camión. Regresó el sudor frío y el tercer intento del colapso nervioso por ganarme la batalla parecía que iba a tener éxito. Justo en ese momento llegó el siguiente ángel. Era hora de cambiar de turnos en la estación. Esteban es el encargado de la tarde,  pero sobre todo es bastante más pensante y amable que el anterior. Le explicamos el tema, ahorita hablamos a la central, me dijo entre cantos de arcángeles. Habló, y le dijeron que hasta esa hora no había reporte de ese camión. Yo estaba verdaderamente angustiada cuando Roberto me dice ¿qué placas buscamos?, ¡ahí está el 1086CF!

Benditas placas, bendito carruaje, bendito el esfuerzo, ya estaba a unos metros de la meta. Los tripulantes del camión se me quedaron viendo de forma no muy grata, de menos deben haber pensado pinche viaja loca, ¿qué hace aquí? Supongo que los tomé por sorpresa, pero no me conocen, no saben lo persistente, por no decir necia, que puedo llegar a ser. Al bajarse estaban renegando y diciendo que iban a descargar en la caja del tráiler y yo a punto de comenzar a explicarles del permiso cuando el encargado me dijo espéreme tantito, yo lo arreglo. Discutieron, pero al final movieron el camión para descargar en la explanada. Obvio esto resulta mucho trabajo para todos ya que después deben arrastrar toda la basura hacia la caja, pero ya había quedado establecida una propina.

Por fin la basura estaba cayendo a mis pies, nunca me había sentido tan feliz de ver tanta porquería tan cerca de mí. El primer impulsó fue meterme y comenzar a romper las bolsas cuando un coro angelical me gritó ¡nooooo!, nosotros lo hacemos, usted sólo nos dice si ve lo que busca. Entonces se dejo venir un manojo de ángeles, todos armados con guantes, palas y trinches. Deshicieron bolsa por bolsa, sacaron y re sacaron todo tipo de cosas, pero nada, no había señal de mis papeles. Supongo que mi cara reflejaba la decepción porque el encargado me dijo no se preocupe, ya mandé traer la máquina. Otro ángel apareció tras el volante de un tractorcito, metió la pala al montón y dejo caer poco a poquito toda la basura para que pudiéramos distinguir los papeles, lo hizo con todo el monte. A estas alturas no sé cuántos eran, pero todos estaban verdaderamente concentrados en buscar esas hojas.


Nada, no encontré nada. Mis hojas deben estar en el hoyo negro que se traga las cosas que necesitamos perder para obtener lecciones de vida. Podría haber regresado frustrada y mentando madres, pero me encontré con una aventura divina.
Jamás había dedicado un pensamiento a la gente que trabaja alejando de mí la basura, pero supongo que en caso de haber pensado en ellos habría imaginado a personas enojadas con la vida, odiando su trabajo, resentidas. Para mi sorpresa encontré gente maravillosa, con actitud positiva, dispuestos a escuchar un problema y a trabajar en equipo para lograr un fin común, educados en su trato y sobre todo gente trabajadora. Tal vez, desde mi punto de vista, no tienen el mejor trabajo del mundo, es más pienso que tienen uno de los trabajos más desagradables, pero eso no importa, lo hacen bien. Hacen bien su trabajo, cosa difícil de decir de muchas otras personas y además se toman el tiempo para ayudar. No importa la propina o la no propina, tampoco les dejé tanto como para haber actuado por el dinero, lo que me importa es que ayudaron.

¿Qué pasó con la información que perdí?
Otro ejército de ángeles, Roberto, Paola y 4 personas del equipo de trabajo, se tomaron la molestia de ayudarme a reconstruir el reporte. Mágicamente lo logramos, teníamos la información en notas desestructuradas, pero de nuevo me encontré con la buena voluntad para ayudar con entusiasmo y cooperación.
Mi lección es el no juicio, la humildad, la cooperación desinteresada, la calidad humana y el trabajo en equipo. La buena noticia es que no somos ni estamos solos, hay seres de luz en todas partes, sólo necesitamos estar atentos para reconocerlos.

domingo, 23 de enero de 2011

El pozo de lo innecesario

Pasaba de la media noche cuando su corazón tomó el mando. No pudo darse cuenta de la situación, estaba absorta en un delicioso sueño. Mientras dormía, él se despertó, y poco a poquito se desprendió del sueño. Ella se veía en una playa, el mar es su lugar favorito del Universo. Recostada bajo el sol disfrutaba profundamente la sensación del calor llenando cada poro, sonreía. Ante tanta felicidad él supo que era el momento adecuado para actuar, ya estaba lista.
Esperó la escena en la que ella se levantaba para caminar hacia el mar, sabía que nada la haría despertar al sentir el impacto del aire fresco sobre su piel. Estaba emocionada, se encontraba parada en la orilla y tenía el presentimiento de que algo bueno iba a pasar, no sabía qué ni cómo, sólo que algo bueno la esperaba mar adentro. Entonces, sin hacer ruido, y con mucho cuidado, él salió del cuerpo. Una vez entre sábanas y cobijas se acercó a la cara. Al verla se hinchó un poquito, era sólo que la quería tanto, por eso sabía que tenía que proceder.
Debo apresurarme, pensó, los sueños no duran toda la noche y yo necesito dejar esta carga en el pozo de lo innecesario. Había llegado la hora de expulsarla, por eso se dirigió con determinación hacia su destino. Antes de perderse dentro del vestidor volteó a verla y sintió su alegría. La vio sumergirse en el mar, pocas cosas le resultaban tan reparadoras como sentir la piel rodeada por agua mientras se mecía con las olas. No había duda, consideraba al mar uno de sus más grandes amores, herencia de  su abuela.
Encontró la puerta de ese cuarto cerrada, aún así  sabía que no podía echar atrás. Empujó con la voluntad de quien sabe que está por llevar a cabo un acto de valentía, nunca se había visto empujar a un corazón con tanta determinación. Una vez abierta se arrastró por el pequeño tramo entre la puerta y el inodoro. Al ver la tapa del escusado levantada pensó en su suerte; ella tiene por costumbre dejarla abajo, cosas del feng shui. En algún lugar escuchó que si quedaba arriba se iba el dinero.
Para llegar a su destino –el escusado-, trepó por el mueble del lavabo. Al llegar a la cima calculó con cuidado el salto exacto para no caer dentro del agua, sería trágico. Concentrado, dio un pequeño brinco para situarse de forma perfecta en el lugar adecuado y así  poder desechar la carga que tanto le pesaba ya.
Aquí comienza el verdadero esfuerzo, se dijo al tiempo que buscaba el balance perfecto para inclinarse sobre el pozo de lo innecesario. Una vez equilibrado comenzó su labor. Primero distendió todo el cuerpo lo más que pudo para después contraerse por completo, era como si quisiera tocarse el centro con toda su masa, en simples palabras, se estaba exprimiendo.
Una contracción, dos contracciones y por fin a la tercera pudo sentir como algo traspasaba su membrana desde el interior. Lentamente comenzó a asomarse la inicial del nombre que ya no necesitaba recordar. Era una letra mayúscula y dolía mucho, sobre todo porque era la primera vez que un nombre se había clavado tan profundamente y, como bien sabemos, las primeras veces siempre duelen más. Conforme salía la letra, gotas de recuerdos la acompañaban hasta el agua. Éstas contenían el primer beso, los besos largos antes de atreverse a abrirle el cuerpo, todos los besos del fin de semana en el que hicieron por primera vez el amor, y al final escurrió hasta el último beso, ése que después supo a traición.
Desechada la mayúscula volvió a la carga. Se  contrajo de nuevo varias veces hasta que logró sacar la segunda. Ésa, al ser redonda, costó más trabajo. Tuvo que apretarse por completo para que la redondez rompiera el músculo y comenzara a salir. Con ella gotearon hasta el fondo el primer te amo que escuchó con absoluta sorpresa, todos los demás te amo que guardaba en su memoria, incluso fueron expulsados aquellos que no tuvieron tiempo de decirse.
Necesitó un momento para tomar aire y emprender contra la tercera. Desde la oscuridad se podían apreciar diminutas gotitas de sangre sobre toda su membrana, suponemos que era el sudor causado por el trabajo físico. Vamos, pensó, una vez que salga ésta sólo faltará una letra más. Se inclinó hacia delante estrujándose de nuevo. ¡Auch!, gritó, venía con acento, al parecer los acentos lastiman profundamente al salir. Detrás de  la norma ortográfica por fin salió la que parecía gusanito, junto con ella cayeron las sonrisas en la primera cita, las carcajadas cuando la torturaba haciéndole cosquillas, las risitas con las que se divertían al desabrochar los botones, la alegría que siempre encontró en los ojos de él al mirarla.
Sólo queda la última letra, ¡qué alivio! Pero ésa también lastimó al salir. Era larga, delgada y filosa como el acento. El corazón apretó fuerte mientras llovían caricias tiernas, manos entrelazadas, nudos de piernas por las noches y un montón de abrazos por la madrugada, esos que se dan los que se aman cuando aún dormidos necesitan acunarse con el otro. Una letra tan larga cargaba largos recuerdos.
Al contar cuatro letras fuera suspiró aliviado, había terminado. Pero justo en ese momento sintió algo en su interior empujando por salir. Se extrañó, estaba seguro de haber tirado el nombre completo, sabía que con eso era suficiente, el apellido nunca ha sido necesario. Atónito se dobló ante una fortísima contracción, pero esta vez fue algo automático, no tuvo que realizar ningún esfuerzo. Cuando se dio cuenta ya habían salido seis letras que pudo distinguir hasta que cayeron al agua. Se asomó y sonrió, le pareció un detalle clásico leer en fina manuscrita la palabra "cabrón". Hasta para decir groserías hay que tener estilo, se dijo divertido.
Una vez limpio de nombre y descripción caminó con cuidado sobre la taza hasta alcanzar la palanca y jaló con la gran decisión que tienen los corazones firmes. Con júbilo observó el torbellino formado por letras, gotas y recuerdos. Lo que más llamó su atención fue el ímpetu con el que chocaron destruyéndose unos a otros. Entonces vino el mágico final. Una fuerza que parecía venir desde el centro de la tierra absorbió todo por el pequeño espacio que se lleva lo que el cuerpo desecha, aquellas sustancias que ya no necesitamos para vivir.
Satisfecho por el esfuerzo alcanzó el piso de un brinco. En ese momento volvió a conectar con ella, se preocupó al sentir que el sueño estaba por terminar. Sería mortal que despertara sin él. No hay tiempo, pensó, y salió lo más rápido que pudo del bañó para dirigirse hacia la cama. Trepó de forma ágil, claro, todo lo ágil que puede hacerlo un músculo. Al encontrarse de nuevo entre sábanas y cobijas buscó el pedazo de piel por el cual se reincorporaría al cuerpo. Le fue fácil encontrarlo. Aunque nos sorprenda, la piel que cubre al corazón continúa palpitando cada vez que éste decide tomar el mando, debe ser por la inercia de tantos años trabajando acompasados. Una vez en su lugar se dejó llevar de nuevo por el sueño, sintiéndose satisfecho de volver al organismo que tiene el placer de mantener con vida.

Al amanecer ella despertó y se levantó enseguida, se dirigió al baño, pero fue a medio camino cuando lo notó. Algo raro estaba pasando, ella nunca se levantaba de la cama antes de dar al menos diez vueltas buscando excusas para dormir, siempre justificándose con el cinco minutos más y ya. Ese pensamiento fue el que la distrajo de notar que la puerta, que deja emparejada con cuidado todas las noches, estaba abierta.
Mientras se arreglaba pensó que tal vez se sentía tan alegre por esa nueva ilusión en su vida, sin embargo no le pareció suficiente razón. Buscó en la mente, en el cuerpo, hasta que por fin se le ocurrió asomarse al corazón. Revisó bien, pero nada, no encontró nada, simplemente no volvió a pensar jamás en…., en  eso que no podía recordar. Lo que tenía claro es que, por alguna razón, de nuevo en su vida cada cosa estaba en su lugar.